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Sube. Te espero.


Casi todos queremos lo de siempre.

La fama, un trabajo digno y por supuesto bien retribuido, viajar y cuanto más lejos mejor, tener a tiro personas con las que no nos sintamos solos, encontrar amigos de verdad, poder dormir bien, divertirnos por no perder tiempo llorando las bromas del destino, hacer algo que por fin tenga sentido... la lista puede seguir, al fin y al cabo somos una sociedad deseosa, pero supongo que hasta ahora no te haya dicho algo que ya no supieras.


Casi todos fallamos en lo mismo.

Nos apresuramos a conseguir aquello que pensábamos que nos iba a solucionar la vida: comprar una casa, tener un trabajo seguro, fundar la familia o abrir un negocio... En el mejor de los casos lo logramos casi todo y sin sobrepasar demasiado los 30, aunque curiosamente eso tampoco sube de temperatura nuestro nivel de felicidad. En el peor de los casos, nos atascamos en algún objetivo banal concreto como: la falta de casa en propiedad, ausencia de pareja, imposibilidad de fijarle una fecha a tener hijos ... y por ello nos atrevemos a sentenciarnos además de infelices también de inútiles. Pero esto probablemente tampoco te suene a cuento chino.

Casi todos seguimos adelante.

La especie humana tiene una gran propiedad en su ADN que se llama resiliencia. Hace que las personas aprendamos a adaptarnos a nuevas circunstancias de vida por muy difíciles que sean, habitualmente al final hasta las aceptamos, y algunos incluso perdonamos. Pero quizás lo más asombroso es que algunos individuos después de tanto luchar sin ganar nada a cambio, sean capaces de seguir adelante con la cabeza bien alta como si no hubiera pasado nada, como si solo se hubiera derramado un café. Siguen y siguen. Al final, algunos lo consiguen, otros no, pero les da igual, les importa más el camino que un fin de semana en un hotel de cinco estrellas o una foto que poner en el facebook. Seguramente, esto te resulte también familiar: sacrificarte por algo más grande que tú y aunque no ganes nada a simple vista, ganas la integridad y el sentido que le das a tu camino. Y eso sí tiene un sabor a felicidad un poco diferente, menos comercial pero mucho más saciadora. No importa que te hayas cansado del viaje, es muy normal, los viajes cansan y mucho, pero lo importante es que sigas adelante dibujando esos horizontes nuevos que abrazar con la vista de un águila libre.

Casi todos ya lo sabemos todo.

Nuestras experiencias humanas nos otorgan el poder de distinguir entre qué es una realidad ideal y que se convierte en una pesadilla. Pero todo ocurre a un nivel muy personal, interiorizado y más que subjetivizado. Por ello, nos enriquece tanto obtener perspectivas desde otros ángulos porque nos hacen ver nuestro micromundo con otros ojos. Y todo depende de cómo se mire. En una misma batalla hay unos que pierden y otros que ganan, formando las dos caras de la misma moneda, la rueda del intercambio de vivencias, momentos y caminos. Pero quizás la aventura más grande de la vida es descubrir que no todo lo que pensamos que sabemos es cierto del todo. Solo los más valientes se atreven a hacer algo al respecto y deciden construir unos nuevos cimientos para crear un mundo diferente. Así que sube, te espero, todavía queda mucho por hacer.  







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